(Ejemplos hay miles, pero aquí el que más me gusta: "Que linda la luna redonda como escopeta/ No es tuya ni mía/ Devuélveme los zapatos" )
Por otro lado, cuando hace 40 años el hombre logró alcanzar la inalcanzable luna los más escépticos seguramente pensaron que el astro había perdido toda su calidad poética. No podemos seguir haciendo religión de la luna, está resuelto el misterio.Sin embargo, el tiempo demostró lo contrario: a pesar de que la ciencia logró llevarnos hasta la luna, está muy lejos de resolverla, desarmarla o desnudarla. Y supongo que por eso nos gusta tanto.
La luna es como Cordelia de Diario de un seductor de Kierkeegard, una sorpresa que ya sabemos de que se va a tratar pero sigue pareciendo intrigante...hasta que de un paso en falso y seamos capaces de verla en su verdadera dimensión. Ahí va a perder toda la gracia, pero mientras tanto leamos a Ginsberg.
"Un supermercado en California" es un poema vanguardista desde la primera estrofa: "autoconsciente, mirando la luna llena". Es decir en otras palabras que el romanticismo está muerto, ya no hago el gesto de mirar a la luna, si no que lo reciclo: decido mirar a la luna para responder de alguna forma al canon. Ya no levanto la vista con los ojos llorosos, si que hago una parodia de esto mismo, pero sin lección. Sin verdadero lenguaje.
Y conste que esta futura "desacralización" de la luna como inspiración de los poetas, Ginsberg ya la deja entrever en el año 55.
Sinceramente es el único poema que me gusta, que puedo leer 3580 veces y siempre decidir una nueva parte favorita. Aquí va:
Un supermercado en California
Qué cosas he pensado de ti esta noche, Walt Whitman, mientras caminaba por calles laterales bajo los árboles con un dolor de cabeza, autoconsciente, mirando la luna llena.
En mi hambriento cansancio y en busca de imágenes que comprar, entré al supermercado de frutas de neón, ¡soñando con tus enumeraciones!
¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias completas comprando de noche! ¡Pasillos repletos de maridos! ¡Sus esposas entre las paltas, los bebés en los tomates! ––y tú, García Lorca, ¿qué hacías allá abajo junto a las sandías?
Te vi Walt Whitman, sin hijos, viejo mendigo solitario, hurgando entre las carnes del refrigerador, mirando insistente-mente a los muchachos de la verdulería.
Te oí preguntándoles a todos: ¿Quién mató las chuletas de cerdo? ¿A cuánto las bananas? ¿Eres tú mi Ángel?
Vagaba entrando y saliendo por entre los brillantes montones de tarros siguiéndote, perseguido en mi imaginación por el detective de la tienda.
Dimos zancadas por los amplios corredores juntos en nuestra solitaria fantasía saboreando alcachofas, poseyendo cada una de las congeladas delicias, nunca pasando por el cajero.
¿Adónde vamos, Walt Whitman? Las puertas cierran en una hora. ¿A qué dirección tu barba apunta esta noche?
(Toco tu libro y sueño con nuestra odisea en el supermercado y me siento absurdo.)
¿Caminaremos toda la noche por las calles solitarias? Los árboles agregan sombras a las sombras, están apagadas las luces de las casas, ambos estaremos solos.
¿Nos pasearemos soñando la perdida América del amor pasando por los azules automóviles aparcados en las entradas de las casas, de regreso a nuestra cabaña silenciosa?
Ah, querido padre, de barba gris, solitario y viejo maestro del coraje, ¿con qué América te encontraste cuando Caronte dejó de impulsar su barca y saliste a una nebulosa rivera y te quedaste mirando cómo desaparece el bote en las negras aguas del Leteo?
Berkeley, 1955